Eran las cinco de la tarde en el "Café Singapur", un pequeño local situado a no más de 200 metros del centro comercial de la ciudad de Manhattan, era otoño pero la temperatura resultaba agradable para salir a pasear y charlar en buena compañía.
El establecimiento era pequeño con un gran escaparate en el que se anunciaban las autenticas magdalenas caseras de Maggie, la dueña, una señora risueña de aspecto saludable y temperamento infatigable; andaba siempre atareada llevando los pasteles recien horneados que preparaba su marido de un sitio para otro, sin descansar un solo segundo, ya que si no estos podrían enfriarse y perder su textura original.
Una puerta de cristales custodiaba la entrada, estaba partida en dos, con su correspondiente mango para girar y un cartel muy figurativo siendo "Open" la calurosa bienvenida junto al anuncio de maravillosos cafés traidos directamente del sur; pura delicia.
Al entrar el aire estaba cargado, una mezcla de aromas a café tostado y tabaco se unían, siendo este común en todas las mesas, de frente se encontraba el mostrador, con Maggie al otro lado con su delantal en la tarea de colocar meticulosamente los pasteles en su sitio, y recibiendo con la emotiva frase. -Pasen y sientense en seguida les atiendo. A la derecha las mesas se repartían de dos en dos, llegando a ser un total de seis, al fondo se encontraban tres señoras de edad madura que se reunían, como de costumbre, para tomar un té, acompañado de algunas deliciosas pastas francesas.
Junto al escaparate estaba sentado; uniformado con su habitual traje de color grisaceo y su sombrero a juego, se encontraba leyendo el periodico, a pesar de no encontrar nada emocionantes las últimas noticias acerca de la bolsa mundial, ni sobre la guerra que en aquellos momentos se producia en algún lugar de la polinesia.
Un café solo reposaba en la mesa esperando a tomar la idonea temperatura, y un pitillo ya acabado aguardaba en el cenicero. La calle estaba muy transitada devido a que era la hora de descanso para tomar el té o cualquier sucedaneo de este con leche o azucar, los comercios preparaban sus mejores galas en pos de la navidad y los arboles dejaban mecer sus hojas en la dura acera.
Dio el último sorbo al café; justo al bajar el periodico se aparecio ante él una joven mujer de figura estilizada y esbelta, vestida con una gabardina roja oscura que realzaba el rojo pasion de sus labios unido al verde de su mirar, un gracioso lunar enriquecía su pomulo izquierdo y una melena rubia rizada se dejaba caer sobre sus hombros.
La mujer tomó asiento, pidió un café y saco una pitillera con la que encendio su cigarro y el de su acompañante.
Él no parecía esperar a nadie y tampoco tenía perspectivas de abandonar su asiento, mirando hacía la calle pudo contemplar el gentio y los taxis amarillos que recientemente gobernaban la ciudad. Ella mientras tanto terminaba su café y se retocaba sus carnosos labios rojizos.
Saco su billetera; colocó un billete de cinco dolares sobre la mesa, ambos se levantaron y salieron sin dirigirse la más mínima palabra.
En la calle ante esa magnífica fachada, y con el majestuoso Café Singapour a sus espaldas se abrazaron y unieron en un beso de unos pocos segundos, paralizando el tiempo en una silueta de extrema pasión. Les esperaba el atardecer del oscuro Nueva York.

Robles