Podría deciros casi con total exactitud cómo han sido la mayoría de las mañanas tras las Noches de Reyes de mi vida. Nos levantábamos todos a la vez, y salíamos emocionados al salón. Allí debíamos de buscar por los rincones todos los regalitos... que aunque nunca fueron muchos, sí eran buenos. Mis padres también se sorprendían al encontrar algunos con sus nombres, porque mi hermana se levantaba a las seis a colocarlos (siempre tuvo esa capacidad de levantarse temprano como una rosa, mientras que yo no me despierto hasta pocas horas después de levantarme).
Entre los regalos dejados por los mágicos Reyes, para mí siempre había alguna caja enorme, que al sacudirla, producía un ruido que me alegraba. Siempre tenía una caja de Lego, de cualquier cosa. El primero que tuve no era de Lego realmente, sino de otra marca mucho más barata, y tenía muy pocas piezas diferentes: tan sólo había dos o tres patrones que se repetían en los tres colores. Pero aun así, me lo pasaba de vicio, montando mis castillitos, a pesar de con tan pocos materiales. La Navidad siguiente llegó el Lego de verdad... un pequeño pueblo del oeste, con su banco y su cárcel del sheriff, más tarde un castillo de ninjas, después alguna que otra nave de Star Wars, incluso el trenecito de Harry Potter, que yo ahora recuerde.
Me pasaba horas y horas jugando yo solo en mi cuarto. Sobre mi antigua alfombra verde, vaciaba todas las casas, y comenzaba a crear. Hacía naves, coches, casas, objetos; me inventaba mil historias con mis muñequitos. Esas piezas para mí llegaron a ser mi mundo, pues con ellas, podía construir el mío. Me reducía a unos cuantos centímetros y vagaba entre gigantes, pilotando super aviones o construyendo con mis manos las paredes de mi casa. Con las últimas cajas de juegos, venían piezas mucho más diversas, por lo que las posibilidades se multiplicaban. Durante mucho tiempo de mi infancia dejé volar mi imaginación con esos muñequitos de plástico, imaginándome uno de ellos, aunque sintiéndome el Creador.
El fin de semana anterior en la casa de campo desempolvé mi vieja caja olvidada donde guardaba todas mis obras. Aún había alguna que otra cosa montada: un pequeño Anakin Skywalker continuaba en su nave y una muñequita seguía apostada ante una puerta en un pequeño fragmento del espacio cuadricular. Tenía la intención de volver a retomarlo todo, de jugar de nuevo y de sentir una vez más la ilusión que antes me producía el crear... pero se quedó solo en eso, en una pretensión. Me fue totalmente imposible volver a formar figuras y crear historias que me satisficiesen, o bien porque no se me ocurría nada, o porque lo veía demasiado ridículo, irrealizable y tonto.
Me dio mucha pena... había perdido totalmente la imaginación. Al madurar, he olvidado cómo se jugaba. Ya no tengo esa ingenuidad propia de la infancia, la sencillez de la consciencia ha desaparecido, como la inocencia que hace que las historias inventas se hagan realidad, las figuras de plástico cobren vida, y los aviones tengan una aerodinámica perfecta que le permita volar. Intentaba ensamblar las piezas siguiendo un patrón que tenía en mente, cuando en realidad, no debía intentar planificar qué quería hacer... sino que me debía de salir solo, como antaño. Pero ya perdí esa expontaneidad, pues mientras esparcía los ladrillitos por todo el suelo, simultáneamente en mi mente se debatían pensamientos sucios, oscuros o simplemente diferentes, que no son los propios de un niño pequeño, y que obstruyen el vuelo libre del intelecto. Es una pena... pues siempre había querido luchar contra eso. Sabía desde pequeño que algún día dejaría de encontrar sentido a mis juegos, sí que lo sabía, (y quizás a esa lucidez temprana alude Patricia), pero pensaba que sería capaz de eludir ese prematuro alzheimer... me creía capaz de seguir volando como Peter Pan. Ahora veo que no... pero aún así, quiero seguir esforzándome para recuperar aquellas pequeñas ilusiones.
Lo que en el pasado me parecieron cosas banales y cotidianas, en estos momentos son los únicos recuerdos que me aportan felicidad. Por ello es muy importante en el presente dedicar tiempo a lo que te gusta, para así poder atesorar en la memoria algo de felicidad y satisfacción.
Bien es cierto que hay personas que pueden seguir jugando al Lego con la misma novedad y originalidad que cuando lo hacían de pequeños... algunos incluso muy frikis...
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PD: He tardado tres días en escribir el post, por una cosa o por otra... y por ello mismo, al final me ha salido una cagarruta de paloma, muy inconexo todo, y con una expresividad pésima. Espero sepan disculparme.
David.
